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La sucesión apostolica

SUCESION APOSTOLICA
Revdo. Canónigo Luís A. Quiroga

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Cuando una Comunión cristiana afirma que es parte de la Iglesia Católica de Cristo, una de las pruebas de su catolicidad radica en haber preservado la Sucesión Apostólica de obispos, pues sin ella no puede haber ministerio católico sacramental. El ministerio profético, el de la proclamación de la Palabra, lo pueden ejercer todos los bautizados; en cambio, el ministerio sacramental sólo lo ejercen quienes hayan sido ordenados y autorizados por un obispo que haya recibido la autoridad de otros obispos, quienes a su vez la han recibido en sucesión ininterrumpida desde los apóstoles, y éstos del mismo Cristo quien les comisionara diciendo, “Como me envió el Padre, así también yo os envío”. Consecuentemente se deduce que la Sucesión Apostólica en la Iglesia Católica de Cristo, es la autoridad sacramental que recibieron los apóstoles de Cristo, y éstos la transmitieron sin intermisión a obispos que, hasta nuestros días, la han preservado celosamente.

DESARROLLO DE LA SUCESIÓN APOSTÓLICA

Lo que se entiende por Sucesión Apostólica. Sabemos bien que la Iglesia cristiana se extendió hacia el mundo occidental, infiltrándose en los estamentos del Imperio romano y haciéndose presente en pequeñas comunidades que estaban situadas en la hoya del mar Mediterráneo. A medida que la Iglesia iba creciendo, los apóstoles que Cristo puso al frente para cumplir con la misión evangélica, necesitaban “ayudantes” o “consiervos”, tales como Síquico, Enésimo y Aristarco. Estos personajes iban por varios lugares implantando iglesias. Hay que recordar que en la Iglesia apostólica la terminología de “ayudante”, “anciano”, “presbítero” y “obispo” no estaba claramente definida. Era la firme convicción de los apóstoles, y así lo enseñaban, que la parousía o retorno de Cristo se acercaba y que haría de establecer su Reino sempiternamente.Pasa algún tiempo y la tardanza de la parousia provoca algunas sacudidas en las comunidades cristianas. Entonces, a medida que la vida de los apóstoles se acercaba a su fin, surge de forma lógica la idea de sucesión. Además de esto, a los apóstoles les preocupaba la amenaza de divisiones y de cismas en el seno de la Iglesia, cosa que refuerza la idea de que hubiera personas que continuaran promoviendo la misión evangélica.
Los apóstoles bien sabían que su cometido habría de llenar el tiempo intermedio entre los dos advenimientos de Cristo. Esta es una realidad que va sucediéndose y que se ajusta a la dinámica de la historia, aunque no esté totalmente recogida en los textos sagrados.

TRADICIÓN Y SUCESIÓN

La Tradición (paradosis) se encarga de indicarnos el proceso de la Sucesión Apostólica. Esta es una palabra fundamental desde el punto de vista teológico y eclesiológico, y su sentido es algo más que comunicar palabras o doctrinas. Para la Iglesia apostólica la Tradición representaba toda la vía vitae cristiana, es decir, la creencia, la ética, el culto, “el Camino”, la vida cristiana, la norma de fe y práctica. Esta es una opinión que tiene amplia aceptación en el Catolicismo Anglicano contemporáneo. El concepto de tradición se encuentra en uno de los escritos mas antiguos del Nuevo Testamento al referirse a la institución de la Cena del Señor: Porque lo mismo que yo recibí y que venía del Señor os lo transmití a vosotros. Algo parecido se encuentra más adelante cuando el apóstol S. Pablo trata del núcleo de la predicación cristiana, del mensaje del Crucificado y Resucitado cuando dice, lo que os transmití fue, ante todo, lo que yo había recibido: que el Mesías murió por nuestros pecados, como lo anunciaban las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, como lo anunciaban las Escrituras; que se apareció a Pedro y más tarde a los Doce….
El acontecimiento cristiano, como acontecimiento, no se queda en el pasado estáticamente, sino que se “transmite”, se comunica de persona a persona, de comunidad a comunidad, de generación a generación. Esto es lo que entendemos por Tradición.
Aquí es preciso hacer una advertencia muy importante respecto a la autoridad suprema en asuntos de la Fe cristiana. Para el Catolicismo Anglicano, la Biblia es la suprema autoridad, porque ella “contiene todas las cosas necesarias para la salvación”. Obsérvese, necesarias, puesto que pueden haber otras cosas que son importantes, pero no necesarias. Hay que distinguir entre lo necesario y lo opcional.

El Canónigo anglicano F.W. Dillistone nos presenta una mejor inteligencia sobre el concepto de Tradición, cuando sugiere que hay tres posturas frente a ella en función de la Sagrada Escritura. En primer lugar, para la Iglesia Católico Romana la Tradición es independiente de la Sagrada Escritura, y esto está demostrado en la práctica al haber agregado los dogmas de la Inmaculada Concepción de María (1854), la infabilidad papal (1870) y la Asunción de María (1950). En segundo lugar, para el Protestantismo Cristiano, la Sagrada Escritura es independiente de la Tradición, y para su interpretación se confía en la iluminación interna del Espíritu Santo de Dios en la persona humana. Aquí impera el principio protestante de Sola Scriptura. Y en tercer lugar, para el Catolicismo Anglicano, la Santa Escritura y la Tradición son interdependientes.
Aunque para la mente corporativa de la Iglesia la Tradición fue la que se encargó de “producir” la Sagrada Escritura, no obstante, todo aquello que no esté avalado por la Sagrada Escritura no tiene autoridad para la Fe cristiana. La Sagrada Escritura no está situada en una cumbre inaccesible. Es la Tradición que, junto con el empleo de la sana razón y la experiencia humana conforma la norma para interpretar la Sagrada Escritura. Pero lo que hay que poner muy de presente es que para los padres anglicanos de los siglos XVI y XVII que estaban intensamente impregnados de la literatura patrística tales como el arzobispo Thomas Cranmer (1489 – 1556), el obispo John Jewel (1522 – 1571), el obispo Lancelot Andrewes (1555 – 1626), el teólogo y apologista Richard Hooker (c.1554-1600), el arzobispo William Laud (1573– 1645), el obispo John Cosin (1549 – 1672) y el teólogo Herbert Thordike (1598 – 1672), para citar unos pocos de ellos, la autoridad de la Tradición de la Iglesia Primitiva estaba subordinada a la suprema autoridad de la Sagrada Escritura. Esta es la postura del Catolicismo Anglicano hasta nuestros días.
La Tradición supone una fuente u origen en lo cual está la revelación veterotestamentaria y culmina con Jesús, el Cristo. Consecuentemente, en Jesús, la Tradición obtuvo su carácter definitivo y desembocó en los apóstoles, quienes son los legítimos testigos oculares del acontecimiento cristiano. Partiendo de esta fuente, la Tradición abarca el testimonio (martyria), la liturgia o culto (leiturgeia) y el servicio (diakonía). Esto abraza todo el ser eclesial que se desplaza a través del tiempo y del espacio y constituye lo que es la Iglesia apostólica.

Son entonces los apóstoles quienes se encargan de llevar a efectuación la sucesión. Las cartas pastorales nos trazan la pauta de la sucesión. Por ejemplo, Tito y Timoteo reciben la imposición de manos que simboliza la transmisión de autoridad o poder. En tal condición, ellos asumen la responsabilidad de refutar los errores que en su día invadían la Iglesia. Y esta responsabilidad era de carácter terminante: te encarezco, es necesario, no descuides, e incluye combatir la herejía, guardar el depósito de la fe como criterio de ortodoxia, así como también proveer presbíteros (“ancianos”) y diáconos para las Iglesias respectivas.
Todo lo anterior implica la figura del sucesor del apóstol y a la vez perfila la figura del obispo. Los testimonios de algunos padres de la Iglesia se encargan de rubricar lo ya expuesto. Es sobre todo Ignacio de Antioquia quien a fines del siglo I y comienzos del II hace una clara concepción del episcopado. En una de sus cartas dice: “No hagáis nada sin el obispo…. La Iglesia es un pueblo unido en el obispo”. En el obispo continúa la misión apostólica que proviene de Cristo.
Otro testimonio lo encontramos en Clemente, obispo de Roma, (c.96), posiblemente tercer obispo, a quien se denomina, como a otros obispos, “papa”. Valga aquí una aclaración muy importante, a manera de paréntesis. El término griego pápas, y el latino papa, significa “padre”. En el occidente cristiano, y en tiempos primitivos, este término se aplicaba a los obispos. En cambio, en oriente, este término estaba reservado para el obispo de Alejandría. En los tiempos modernos el empleo del término “papa” se emplea para los sacerdotes de las iglesias ortodoxas, y en el resto de las Iglesias católicas se emplea el de “padre”. Fue durante Gregorio VII (c. 1021 – 1085) cuyo nombre secular era Hildebrando, quien en el curso de su régimen papal hizo una serie de reformas en la Iglesia para librarla y depurarla de la simonía y los desafueros sexuales del clero, que en el Concilio de roma celebrado en el año 1073 se prohibió terminantemente el uso del término “papa” para cualquier obispo, a excepción hecha del obispo de Roma.
Otra atestación que avala la Tradición la encontramos en dos figuras muy conocidas, Tertuliano, padre de la Iglesia africana (160 – 225) e Ireneo, obispo de Lyons (1130 – 1200). Es el caso que después de la crisis de la Iglesia de Corinto, en la que además de las divisiones partidistas, Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo…, se apodera la discordia en esa comunidad debido a la infiltración del movimiento gnóstico. El Gnosticismo, en términos generales, rebajaba la Fe católica a un conocimiento y a una sabiduría meramente humana, a la par que la mezclaba con elementos de la filosofía y la religión griegas. Estos grupos ostentaban tener en sus iglesias obispos, y es aquí cuando Tertuliano les pide en una de sus cartas que presenten las credenciales que demuestren que sus obispos tienen la Sucesión Apostólica ininterrumpida desde el principio.
De otra parte, Ireneo, además de insistir en el carácter sacramental de la ordenación, sostiene que la Tradición apostólica se manifiesta en la Iglesia verdadera, y dicha Iglesia puede citar la lista de obispos designados por los apóstoles, así como también la serie de sus sucesores hasta su día.19 Abundan mucho más los testimonios en los que se indica que la Tradición avala la Sucesión Apostólica, pero no es el caso de adentrarnos más en ello.
Entonces, los conceptos de Tradición y Sucesión Apostólica es lo que diferencia al Catolicismo Anglicano y las demás Iglesias que están en la línea católica, de las otras confesiones cristianas que surgieron en el Continente europeo en virtud de las contingencias de la Reforma Protestante del siglo XVI. Las Iglesias que forman parte del Catolicismo Anglicano han tenido que sufrir violentas críticas de quienes no comulgan con la posesión del inapreciable tesoro como es el de la Sucesión Apostólica, legado de la Tradición cristiana.
Aquí es necesario apuntar que una de las genialidades del Catolicismo Anglicano ha sido la de mantener en el fiel de la balanza la tradición y la innovación. Lo que ha acontecido es que, de una parte, el Catolicismo Anglicano ha eliminado los excesos y prácticas que durante la Edad Media se agregaron a la Iglesia, y de la otra, se encargó de suplir las deficiencias de que acaeció el Protestantismo. El Catolicismo Anglicano preservó lo esencial del Cristianismo histórico, como son los sacramentos, los credos tradicionales, el triple ministerio de obispos, presbíteros y diáconos y la forma litúrgica cultual, a la vez que se alimentó de las bondades que ofreció la Reforma, tales como el libre examen, la promoción de la lectura y meditación de la Sagrada Escritura y la celebración del culto religioso en el idioma del pueblo.

El Catolicismo Anglicano se aferra a la creencia de que la consagración episcopal, herencia de la tradición cristiana, es la piedra angular de la estructura eclesial. Es un hecho histórico indiscutible es que los obispos de la antigua línea apostólica mantuvieron la Sucesión Apostólica en la Iglesia Católica inglesa, antes del siglo XVI, durante los difíciles momentos de la Reforma Protestante y después de ella, hasta nuestros días.